Si cada hombre fuese como el Ireneo Funes que describe Borges en uno de sus cuentos, la capacidad de asociación entre los hombres y la relación con el mundo de ser tan auténtica no serviría, pues como el mismo personaje afirma "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras"; si cada hecho realizado por nosotros es capaz de afectarnos de tal manera de permanecer con claridad en nuestra memoria no seríamos concientes de ella, y la linealidad de nuestra existencia se reduciría a un conjunto de detalles que de todas maneras nos impedirían llegar a un conocimiento total. El relator del cuento afirma “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.”, y la afirmación de que cada recuerdo y olvido configura nuestra capacidad de análisis y relación se hace indudable mirado a través de este prisma en el que Borges trata de delimitar tiempo y espacio, siendo el segundo consecuencia del primero. El cuento nos habla de la necesidad de las sombras, mientras que el Documental de Caiozzi, desde el otro extremo, clama por lo trascendental de sacar luz desde las sombras de la memoria, sobre aquello que es importante recordar y sin embargo, por una serie de circunstancias del pasado, ha sido olvidado.
Fernando ha vuelto Relata el viaje de Fernando Olivares, desaparecido a la edad de 27 años durante la dictadura, y de sus familiares a través del dolor, la historia de su reencuentro tras 25 años de triste incertidumbre en una fría sala de estudios de medicina forense, donde al fin yacen en paz sus restos encontrados durante la excavación del patio 29. Es el afán de la familia de Fernando la espina dorsal que, a mi gusto, articula todo el sentido humano de lo documentado, cómo la ignorancia no ha mermado su inquietud, sino que muy por el contrario, el dolor de no saber el paradero de su ser querido se ha hecho profundo dejando en una constante e indeleble espera de culminación de su vía crucis a través de la historia de la tortura y los abusos durante el régimen militar. La necesidad de Caiozzi por documentar, una forma de recordar, este fragmento central en la vida de esta familia, nos hace articular en gran medida un pequeño pasaje desconocido dentro de la historia colectiva del país. La memoria, eje central de lo explorado, toma diferentes caras, de documento, documentador y testimonio vivo, otra de sus caras visibles es como el cuerpo de Fernando se vuelve la llave para abrir una brecha atemporal que muestra su destino y las circunstancias de su muerte.
El recuerdo es el que prevalece por sobre la desaparición que, a rasgos muy generales, implica la alarma sorpresiva por aquello que en su minuto estuvo y ahora sólo existe en la memoria, y que nos entrega un espacio que se vuelve reciente frente a la incertidumbre del paradero. Es por esto de vital importancia la incertidumbre y el recuerdo para echar a andar la maquinaria del conocimiento empírico, la voluntad de recuperar aquellas líneas perdidas en la manipulación de la historia, aquello borrado a la fuerza de la memoria colectiva, ocultado sin vergüenza alguna y posteriormente negado. Si bien en una primera instancia se admite que la memoria familiar, luego de tantos años expuesta y contaminada con la inevitable sublimación de los hechos, entorpece en alguna medida a la exploración científica de los acontecimientos, es ella y sólo ella la que en estos momentos suscita a la investigación, son sólo los familiares de Detenidos Desaparecidos quienes, a pesar de nadar dentro del mar de silencio que representa la sociedad actual del país, piden a gritos la verdad desde hace años inquietando a las autoridades y a aquellos que pudieran tener responsabilidad sobre la difusión de la verdad que ha sido borrada. Como afirma el hijo de Fernando con rencor frente a la obtención casi arqueológica de la verdad desde los huesos de su padre. Cada vez nos sorprende menos este tipo de hechos. Muchos afirman que el conocimiento real al enfrentarse con el heroicamente confeccionado por ambos lados del conflicto podría causar una crisis de identidad severa en el país, artimaña nonagenaria usada como excusa, refiriéndome a nivel mundial, para ocultar los peores holocaustos y delitos contra la humanidad.
¿Entonces estamos dispuestos a dejar sin castigo antiguas muertes innecesarias por temor a lo que la verdad pudiera hacerle a la sociedad actual? La ley de Amnistía, pretende condonar en algunos casos delitos que atentaron directamente y en conciencia contra los Derechos Humanos, parece decir que sí a evitar una reacción adversa a nivel social por asuntos tachados de “viejos” ¿Podríamos decir que este perdón debido al temor tiene alguna validez desde la mirada crítica de Caiozzi que es sólo un índice de muchos otros? ¿Podríamos avalar el dejar de lado la profunda convicción y búsqueda de la verdad por el sólo temor de la repercusión que el conocimiento de esta pudiera tener sobre el país? Si bien, como afirmé en un principio citando a Kundera, el peso de nuestra historia nos agobia y tortura, la libertad de elegir este agobio es necesaria para obtener la dignidad necesaria de la existencia. La decisión de olvidar en la ignorancia no es propia del ser humano por el daño que produce, la carga de la ignorancia y restricción puede llegar a ser mucho más pesada que la de recordar, sobretodo cuando es el temor difundido por pocos para su propio beneficio el que influye en esta opción.
A pesar del horror vivido por nuestro país durante el régimen militar es increíble la indiferencia con la que nos movemos en el día a día, lo poco que sabemos acerca de las violaciones a los derechos humanos de esa época y lo poco que nos interesa el aceptar la realidad de lo ocurrido, indagar parte de nuestra identidad, como por necesidad lo hicieron los familiares de Fernando Olivares. El individualismo exacerbado de la posmodernidad nos impide ver más allá de nuestras narices, y no podríamos ver las necesidades del otro aunque quisiéramos porque somos incapaces aún de ver las propias. Es increíble que a pesar de todo lo ocurrido durante la dictadura sólo este hecho nos pudo entregar una identidad clara como pueblo chileno, algo que no se había podido conseguir en los más de 170 años de Chile como nación independiente, y sin embargo parecemos haber olvidado el horror por completo, como si estuviésemos esperando que otra ola de asesinatos viniera a refrescarnos la memoria de pronto para así recuperar una propia colectividad.






